Un Titanic en el salón.

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En 1997, cuando el Titanic de James Cameron se hundía en el Atlántico norte y se convertía en la película más taquillera de la historia a nivel mundial, también yo sentía como mi vida se hundía, irremisiblemente, después de tener en mis manos aquel papel, en el que se me informaba que mi mujer había desarrollado la enfermedad de Alzheimer. Hoy veintiún años después sigue a mi lado, viva, pero en un estado casi vegetativo. Apenas tiene ninguna posibilidad de comunicación con nosotros y pasa la mayor parte del día dormida o, por lo menos, con los ojos cerrados.

Atrás han quedado los primeros años de desconcierto de médicos de cabecera, psiquiatras y neurólogos que no sabían que hacer con una mujer joven, de apenas cuarenta y cinco años, que manifestaba síntomas de depresión.

Atrás las terapias y los viajes a Madrid o a Sevilla a ver especialistas de los que nos hablaban y a los que visitábamos esperando el milagro que nunca llegó.

Atrás han quedado esos años de desconcierto ante el desapego de una mujer, hasta entonces ejemplar, con la que había vivido enamorado, como el más feliz de los mortales.

Atrás esos años de lucha por salir adelante económicamente con sueldos cortos y gastos largos.

Atrás el esfuerzo de parir, criar y educar  a tres hijos hermosos y buenos.

Atrás los acontecimientos sociales que en toda vida familiar van aconteciendo: bautizos, comuniones, etc.

Atrás las enfermedades y muerte de familiares queridos.

Atrás se fue quedando nuestra propia juventud.

Mientras el Alzheimer nos había ido enredando a toda la familia en su horrible madeja como si se tratara de  los hilos de una araña asesina. La vida ha seguido porque así nos lo hemos propuesto, pero siempre con el Alzheimer omnipresente. En estos años han seguido pasando cosas pero ella no se ha enterado. Se lo ha perdido todo: los estudios de los hijos, los trabajos, las bodas, el nacimiento y crianza de las nietas. Hemos conseguido que las risas, que la felicidad por algunos de esos acontecimientos no los empañara esa despiadada enfermedad y, pienso, que de alguna forma lo hemos logrado. Pero siempre con ese pellizquito en las tripas, de saber que ella está y no está. De que ella nos mira y no nos ve. De que ella a veces se ríe y no sabemos de qué. De que no sabemos nada de lo que ella puede querer.

Al final solo nos queda la satisfacción de haber cumplido a su lado estos años entre el cariño de los suyos, todavía unidos y de los pocos amigos que han resistido el largo tirón que significa una larga y triste enfermedad como esta.

La clave creo que está en el amor de los hijos, de su hermano y, por supuesto, de mi mismo. Cada uno a su manera y en la cantidad de que es capaz. Sin exigencias ni compromisos no asumibles voluntariamente. Sin pesar ni medir las ayudas  y el esfuerzo de cada uno. Seguramente, aunque no seamos capaces de apreciarlo, ella si lo siente y lo celebra en lo más profundo de su corazón.

José María Rodríguez
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